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“El maestro de música”

¿Qué hacer cuando se ve a la muerte cara a cara?, ¿qué hacer cuando nos sentimos solos frente al inmenso vacío que se abre ante nosotros?, ¿qué hacer cuando somos conscientes de que nuestro camino ha llegado a su fin? Cada uno encontrará su respuesta, porque cada uno tiene su propia respuesta. La película “El maestro de música” (“Le maître de musique”) nos cuenta la respuesta que encontró un hombre que había dedicado su vida por entero a la búsqueda de la belleza. La encontró en la música, en el bel canto. Su prodigiosa voz de barítono fue la que marcó el rumbo de su vida, una vida que ahora se dispone a abandonar. Consciente de la grave enfermedad que padece, decide abandonar para siempre los escenarios, retirarse cuando todavía tiene fuerzas para dar lo mejor de sí mismo, para darse por completo. A ese paso le sigue otro no menos doloroso: enfrentarse a su pasado, a lo que ha hecho con su vida, a lo que dejó de hacer, y, lo que es a veces más difícil, a aprender a aceptarlo. Y es desde esa aceptación desde la que encuentra la respuesta a todas esas preguntas que todos, tarde o temprano, nos tendremos que hacer. Y su respuesta es enseñar, compartir todo lo que sabe, todo lo que ha aprendido a lo largo de su vida, transmitírselo a dos jóvenes cantantes para que su arte no muera con él, para dejar huella de su efímero paso por el mundo, para hacer lo único que da sentido a nuestras vidas: dar.

Opera prima de Gérard Corbiau, director de otras verdaderas obras maestras sobre el mundo de la música como “Farinelli” y “Le Roi danse”, “El maestro de música” estuvo nominada al Oscar a la mejor película en habla no inglesa. La pasión por la música de Corbiau le ha llevado a hacer que la propia música sea siempre una de las protagonistas principales de sus películas. “El maestro de música” es un soberbio banquete de belleza, de sutilidad, de armonía y, sobre todo, de amor a la vida. Protagonizada por Jose Van Dam, una de las mejores voces de la lírica mundial, nos lleva a un mundo poético y mágico, ese mundo donde, como diría Julio Llamazares, la lluvia es amarilla, porque es la lluvia de las hojas del otoño, del otoño de la vida, porque es el amarillo de la memoria, de la soledad y del olvido. Cada plano de esta película es un cuadro lleno de poesía, color y belleza, un cuadro donde habita la melancolía y donde la sabiduría del silencio habla con los acordes de Bellini, de Verdi, de Schubert o de Mahler… Es en esta película donde descubrí una de las arias más bellas que se han escrito jamás: “Sorgi o padre”, de la tantas veces injustamente olvidada ópera Bianca e Fernando, de Bellini. Aquí tienes la grabación de esta aria que hizo Claudia Muzio en 1922

“El maestro de música” es ese Joachim Dallayrac fabulosamente interpretado por Van Dam, un ser aparentemente callado y solitario. Y digo aparentemente porque aunque utiliza pocas palabras y solemos verle casi siempre solo, es una persona capaz de hacer hablar al silencio y que jamás está sola, porque siempre está acompañada por todos los seres a los que ha amado a lo largo de su vida, por todas las personas con las que ha compartido la experiencia de la música y de la vida. Eso es lo que en realidad es Joachim Dallayrac, un maestro de la vida que enseña a Sophie y a Jean, sus dos jóvenes pupilos, a saber ver que la felicidad no se halla fuera de nosotros, que no es algo que tengamos que buscar o que perseguir, sino que vive en lo más hondo de nuestro corazón, porque la felicidad no es algo que se pueda buscar, sino que es algo que nos encuentra cuando verdaderamente estamos preparados para que nos encuentre, cuando hemos entendido que, al final, solo nos quedará lo que hayamos sido capaces de dar…

Cuando, al llegar la hora de la última cita, miramos atrás, vemos la futilidad de las cosas perdidas y el nulo valor de los bienes que tanto nos costó adquirir, vemos lo absurdo de los problemas que tanto nos preocuparon, el sinsentido de las angustias y los miedos que nos impidieron vivir, y nos damos cuenta de que hemos dedicado la mayor parte de nuestra vida a hacer cosas que no han sido más que una inútil pérdida de tiempo, un constante apartarnos de lo que verdaderamente importaba, de lo que, conscientemente unas veces e inconscientemente las más, guiaba nuestros pasos… Y también acuden, como si las estuviésemos viviendo en ese preciso instante, todas las ocasiones perdidas, desperdiciadas, de compartir nuestro cariño, nuestro amor y nuestra alegría ayudando a que otros fueran felices y haciéndonos, sin saberlo, también felices a nosotros mismos. Es en ese momento cuando te replanteas lo que has hecho con tu vida, cuando te das cuenta de que tus momentos más felices no los encontraste en las grandes cosas que inútilmente perseguiste, sino en aquellas aparentemente pequeñas y sin importancia que encontraste en tu camino. Es en ese momento cuando desearías poder vivir un día más, unas horas más, unos minutos más, para poder hacer todo aquello que dejaste pendiente, para dar los abrazos que no diste, para cruzar una última mirada con la persona amada, la última sonrisa con los que han sido tus compañeros en la etapa final de tu viaje… Y también es entonces cuando vienen a tu mente, como cuchillos, todas las mañanas desperdiciadas, todas las tardes tiradas, todas las noches no vividas… Es entonces cuando te das cuenta de que solo importa el presente, tu aquí y tu ahora, porque es entonces, y solo entonces, cuando de verdad comprendes que el futuro y el pasado no existen y que nunca han existido.

Atrás quedan los miedos, la muerte no te asusta, tan solo le pides que no sea dolorosa, y una inmensa sensación de paz te invade por completo. Eres consciente de que esto se acaba, de que tu viaje ha llegado a su fin, de que son muchas las cosas que has dejado por hacer, algunas más las que hiciste y, posiblemente, muchas más las que nunca te atreviste a hacer… Pero miras atrás sin ira, ya no tienen sentido sentimientos así, y ves que, a lo largo del camino que recorriste también han crecido flores, esas flores que, a veces sin saberlo, plantaste cuando decidiste compartir algo con los demás, cuando de verdad te diste, cuando amaste. Es entonces cuando, finalmente, entiendes que vivir no era más que dar, que solo era amar…

Y eso es lo que hace que Joachim Dallayrac decida aprovechar el escaso tiempo que le queda para compartir todo lo que sabe con esos dos jóvenes que, ajenos a la posibilidad de la muerte como están todos los jóvenes, reciben como si fueran simples cases de música. Del mejor de los maestros, pero solo clases de música. Solo el tiempo y lo que el sufrimiento les enseñe les permitirá entender que lo que en verdad recibían eran inmensas lecciones de vida, de amor a la vida…

Aquí tienes a Jose Van Dam interpretando en uno de los momentos de la película An Die Musik, de Schubert:

A lo largo de ·El maestro de música” asistimos al proceso de formación de Sophie y de Jean, un proceso que culmina con su presentación en un concurso de canto. Su interpretación del Sempre libera, de La traviata, les hace ganar el primer premio. El papel de Sophie lo interpreta Anne Roussel, a la que da su voz la soprano Dinah Bryant, y el de Jean, interpretado por Philippe Volter, recibe la voz del tenor Jerome Pruett. En la escena podemos ver, sentado en primera fila y tragándose la bilis, al que durante toda su vida intentó inútilmente ser rival de Dallayrac, el Príncipe Scotti, acompañado de su discípulo:

Uno de los momentos más intensos de “El maestro de música” es el del célebre duelo entre Jean, el discípulo de Dallayrac y Arcas, el discípulo del Príncipe Scotti. Un duelo con máscara, para no poder identificar al cantante, que les lleva a intentar dar lo mejor de sí mismos. Haber perdido su duelo de joven con Dallayrac es lo que hace que el Príncipe Scotti le odie tan intensamente. Esta es la oportunidad de su revancha. Lleva toda su vida esperándola. El tema escogido es “A tanto duol”, de Bianca e Fernando. Aquí tienes ese duelo:

Pero sin duda la escena que más me impactó cuando ví esta película (he de confesar que me gustó tanto que, cuando se estrenó en 1988, la ví nueve veces en un mes), es la escena final, la del funeral. Los suaves acordes de Mahler con la impresionante voz de Van Dam acompañando el melancólico y lánguido fluir de las barcas entre la niebla del río, ese río que no es más que la laguna Estigia, con sus percheros vestidos de negro en pie, eternos Carontes, guias de las almas de los muertos,  perdiéndose entre el azul de la niebla y del olvido es una imagen de una belleza que no olvidaré jamás…

Ich Bin der Welt Abhannden Gekommen from seres on Vimeo.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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